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Dame la mano y danzaremos: Perspectiva de género de la niñez como desafio teológico-pastoral.

Dra Elizabeth Salazar-Sanzana

“Dame la mano y danzaremos, dame la mano y me amarás” Este primer verso del poema de Gabriela Mistral nos invita a hacer ronda, entrelazar las manos en pro de una esperanza, de un deseo, de una música y celebración. Por eso pensé en este poema que se hizo ronda en América Latina, para responder a la invitación que me hizo Celam y Visión Mundial, a reflexionar sobre este tema de la infancia. Es una tarea  para la transformación de todos y todas las que tendremos la bendición divina de leer y aprender de los escritos aquí publicados.

 

Este año, he leído historias infantiles maravillosas, pues mi hijo menor  me ha compartido sus lecturas de la escuela primaria. Son cuentos cortos, parte de la sabiduría de la literatura, además de una colección de historias bíblicas infantiles, con unas láminas coloridas maravillosas, que atraen a todos. Pensamos en los recursos que hoy tenemos y los que teníamos antes. Quisiéramos sentir que lo que se ha hecho hasta ahora en educación cristiana, en las catequesis y educación religiosa en colegios nos satisface, sin embargo hoy nuestra preocupación está en que son nuestros propios diagnósticos los que revelan lo contrario. En la misión  a la que hemos sido desafiados, por los actuales llamados que han hecho las diversas instancias ecuménicas, debemos pensar que hay que buscar como enfrentarlos creativamente.

 

Trabajar la infancia  nos remite necesariamente a la nuestra. Somos privilegiados aquellos y aquellas que hemos tenido familia que han velado por nuestra infancia. Recuerdo que muy avanzada mi adolescencia descubrí que éramos pobres, antes no lo noté, no me fijé, pues mi mamá se las arreglaba para que no percibiéramos carencias y no existió, según mis recuerdos, una envidia o frustración por algo que otros tenían y nosotros no. Ahora reconozco que lograron que viviera una niñez muy divertida, entre el campo y la ciudad, entre la escuela y la iglesia, entre la risa del juego y la tarea o deber. Como niña viví en una protección familiar de mis hermanas, hermanos y padres, por ser una de las menores, que se completaba con una comunidad cristiana presente y afectiva. Cada culto o escuela dominical era motivo de fiesta, de dulces y de conversa.  Hoy al querer reflexionar sobre la infancia, pienso en la mía y en la realidad que como pueblos de tercer mundo vivimos,  realidad que hoy nos golpea la puerta de las iglesias y que no, necesariamente, se trata de precariedad económica solamente.

 

Mirando nuestro entorno inmediato.

 

A modo de diagnóstico podríamos hacer referencia de las estadísticas que manejan los organismos competentes sobre la situación económica, de salud, escolaridad y violencia que sufren la población infantil de nuestro continente. N no obstante solo podemos decir que es escandaloso que hoy en pleno siglo XXI tengamos tantos población infantil viviendo en las condiciones más miserables que podríamos imaginarnos. A la sombra de las grandes construcciones comerciales y condominios exclusivos de las grandes ciudades de nuestra América Latina y Caribe, se esconden las injusticias más letales de la sociedad.  La experiencia de vida, de vida en comunidad, nos ayuda a tener los ojos ungidos con colirio y la Palabra de Buenas Nuevas del Evangelio que nos acompañan como luz y verdad, que nos llevan a observar lo que es una sociedad alejada del bien de Dios.

 

Esta realidad cruda que nos aflige, estas historias de vida cotidiana, son los que hoy iluminan la reflexión teológica–pastoral sobre la situación de la niñez y género en América Latina y Caribe. Tenemos como telón de fondo la realidad reflejada en el arte de nuestros poetas y artistas, que nos invitan a enfrentar una realidad que afecta nuestra sociedad. Los cuentos infantiles que nos traen los sabores y olores de nuestros pueblos, como muchos captados por el poeta o poetisa, son reflejo de esperanza contra toda esperanza. Acentúo la importancia de la  poesía, el cuento, las narraciones reminiscentes pues son sabiduría que brota de los encuentros entre generaciones y promueve además este recobrar sabidurías desechadas. El gran teólogo, poeta y pedagogo brasileño Rubem Alves nos invita a leer historias para grandes y pequeños, pues solo una historia que puede ser para ambas generaciones guarda una fuerza posible de entender y transformar la vida a la luz de Dios.

 

Dame la mano: Recuperar lo perdido.

 

Cuando hablamos de recuperar evocamos la gran parábola de Jesús de la dracma perdida. Como cristianos y cristianas creemos que Jesús es paradigma de desarrollo integral para la niñez en nuestra América Latina y así lo hemos afirmado como comunidad cristiana. En la parábola de la dracma (Lucas 15, 8-10) se nos convoca a recuperar lo perdido, a la luz de Cristo quien es por excelencia el rescatador de la humanidad. Es  recuperar, lo que se entiende como sentido para la vida plena, sentido esencial de esperanza para el Reino, así como el Señor nos recupera como las y los perdidos. Este es el sentido de búsqueda que nos inspira en esta reflexión. ¿Qué hemos perdido por el camino? ¿Qué hemos olvidado en la caminada y que hoy necesitamos para la misión de Dios? Sobre la dracma, nada indica que esas monedas sea el dote de la mujer, ni tampoco que estuvieran engastadas en forma de diadema o collar y fuera solo un adorno. La dracma era una moneda de plata, cuyo peso y valor es difícil de determinar, pero era importante, escencial. Reflexionemos en la insistencia y el objetivo claro que se expresan en los textos que narran el hecho y con su final: hasta que la encuentra y se alegra. La búsqueda  y la alegría del encuentro es lo que nos debe llamar la atención.

 

Entre los cuentos que me inspiran está la conmovedora vivencia de una niña llamada Justina. Esta niña criada en la ciudad junto a sus padres, llevaba el nombre de su abuela, a quien no conocía. Ella mostraba un desagrado por su nombre y también del campo, lugar donde vivía su abuela. Los preconceptos la inundaban y la atormetaban. Lo que decían de la abuela, por su cercanía a la medicina indígena, la llevaron a calificarla  como bruja yerbatera. Al pasar una temporada de verano con la abuela, descubre un mundo de sentidos que la hace cercana, no solo a la anciana, sino al campo, la naturaleza y a la sabiduría que destilaba de ella. Los vínculos afectivos rápidamente se crearon y sus conversaciones traspasaron las murallas generacionales. Todo se tornó importante y Al separarse las dos mujeres les embarga una gran tristeza, pero la abuela, buscando consolarla, le entrega una rama de canelo a la niña y se unen en el recuerdo y en el simbolismo de este árbol. La anciana le enseña y entrega amor, incluso para amar su propio nombre, dándole sentido e identidad. Justina-niña, con una rama de canelo, árbol sagrado para los mapuches, se reencuentran con la Justina anciana campesina. Todos los preconceptos, el miedo, se vencen en la intimidad del campo, del aroma de las flores y yerbas, de la conversación, del compartir el pan y del verso. Solo queda entre ambas mujeres, con sus diferencias, una amistad amorosa perpetuada, incluso por la separación de la muerte, simbólicamente en una rama de canelo.

 

Otro cuento maravilloso y muy cercano en su enseñanza es “El lugar más bonito del mundo”. También, en esta historia, a partir del descubrir el mundo de las letras, el niño llamado Juan reconoce la sabiduría de su abuela que va más allá del conocimiento. La abuela lo acoge en el mundo de la esperanza, en medio de la desesperanza y la incertidumbre del abandono materno. Descubre la necesidad de saber distinguir entre tener y desear tener, entre  madre y abuela, entre trabajo y juego. Como muchas niñas y niños hoy en nuestro continente viven sin sus madres, por diversas razones y se crían al amparo de sus abuelas, aprendiendo a trabajar de muy temprana edad, perdiendo su capacidad de soñar y jugar. Juan vive en Guatemala y él quiere aprender a leer y en el cuento conocemos su proceso de aprendizaje de la lectura y de la vida. Por esto me gustan los cuentos, pues nos dan finales plenos y en ambos cuentos mencionados tenemos un final lleno de sentido, de esperanza, que lo nuestro también será así.

 

Esta realidad de los cuentos, tan común, lleva a resignificar la relación abuela(o)- nieto(a), además de constatar la carencia que tenemos de la madre como figura fundamental en la infancia y también del padre. Son muchas las familias compuestas por abuelas y nietos en Chile, especialmente en el sector sur, tanto que los orfanatos llegan niños(as) no abandonados, no por sus padres, sino que la enfermedad o fallecimientos de sus abuelos obliga a albergarlos en estas casas de acogida. Los progenitores ausentes es una realidad muy conocida en nuestra sociedad, que se repite en muchos países.

 

Las abuelas, que asumen la custodia de nietos, nietas, sobrinos nietos, voluntaria o involuntaria,  viven en esa tierra movediza entre querer ser madre y disfrutar del ser abuelas, entre enseñar en una edad que la autoridad y el vigor no los tienen. Hay eslabones perdidos y, por necesidad, uniones y relaciones que  creativamente se producen, rescilientes a la realidad. Sin embargo estamos frente a una situación innegable de una niñez sin referentes directos, que violenta el desarrollo de una sociedad, en que las generaciones se unen en base de la sobrevivencia. La sociedad ha perdido esta capacidad de mantener a los niños y niñas con sus padres y estamos frente a una sociedad abortiva. Una sociedad que ha perdido los eslabones que unen las generaciones.

 

También estamos en la situación contraria y extrema, en que los pocos núcleos familiares formados, por diversas situaciones, se aíslan de tal manera que no hay un vínculo afectivo con los ancianos y ancianas. En la mayoría de los grupos eclesiales, los ancianos que hay en las congregaciones viven alejados de sus hijos, hijas y nietos o nietas. La situación económica y los afanes de la cotidianeidad ha llevado a una separación física innegable y que deja al más debil , más vulnerable: los niños, niñas y ancianos, ancianas. Las oportunidades laborales, con ingresos consistentes y de horarios prolongados que ofrecen las grandes urbes y el espacio habitacional disminuido, lleva a que los matrimonios opten por una separación de los núcleos familiares. Sin duda se encuentran justificativas suficientes para mitigar cualquier sentimiento de culpa, pues es parte de la ley de vida. No obstante hablamos de cómo los propios círculos sociales obligan a considerar la reducción familiar al yo , tú y los hijos e hijas. Las propias actividades eclesiales al final reducen la separación de la participación de cultos mixtos, hay de niños, sin adultos y ancianos, de cultos de juventud sin ancianos que les molesta la música. Nuestro afán de adaptarnos a los tiempos, terminamos fraccionando la comunidad y debilitando los pocos lazos que nos quedan para la fortaleza de la sociedad y de la iglesia.

 

Esto también ha llevado a una barrera generacional que deja a los niños y niñas ajenos al envejecimiento y a la ancianidad. Las propias actitudes que estamos observando día a día nos hacen reafirmar la distancia, la indiferencia de los niños, niñas y jóvenes de los y las ancianas. Es muy evidente la incomodidad e indiferencia hacia el anciano y anciana en los medios de transporte, en los bancos, lugares de espacimiento y paseos peatonales. Más aún la brecha creada por su lejanía, tildada como ignorancia, con las nuevas tecnologías. Las manos que siempre estuvieron entrelazadas entre generaciones, hoy  se tornan cada día más débiles. Los seres humanos nos hemos tornado obsoletos y desechables desde la mirada cruda de los objetivos productivos inmediatos. Pero ¿qué pasa con los y las niñas en medio de esta realidad? Son los que más pierden humanidad, y más aún las niñas, a quienes una educación con miedo a la diversidad, les ha llevado a juzgar también desde este preconcepto.

 

Dame la mano y danzaremos: el desafío de la iglesia.

 

Quizás las dificultades mayores que tenemos hoy no es la violencia que se da en nuestras sociedades en que vulnera a la niñez, pues debe ser esto solo lo visible a nuestros ojos sociales. La problemática se inicia en el silencio e intimidad de las murallas. Murallas generacionales que llevan a vivir la infancia sin memoria. Justina no acepta su nombre, pues  lo encontraba feo y sin sentido, pues no conoce la abuela llamada así también. No hay afectos que la unan a esa anciana, ajena a su vida cotidiana. Para quines sabemos la importancia de la memoria en la construcción de identidad, es como vivir sin luz que nos ilumine el camino. Sin memoria los pueblos son dominables, amoldables y frágiles.

 

Cuando las niñas son criadas sin referentes de vida que las sostengan en su condición de ser humano,  son más vulnerables a los signos de muerte. Incluso para romper los círculos de violencia no eslasolución enajenar , sino más bien incorporar a las niñas a culturas de paz.  Muchas niñas al desconocer sus raíces o tener conciencia de lo que son  no consiguen superar la segregación sexual o racial existente en la sociedad. Si  llevamos esto a las comunidades de fe, muchas niñas al llegar a una edad determinada no tienen los elementos de identidad, de pertenencia afectiva que les una a una confesión de fe. La iglesia, las comunidades de fe, pasan a ser espacios sin sentido. Se han criado sin memoria, sin sacramento, sin sentido.

 

Me pregunto por la necesidad del pueblo de Israel de unirse a la memoria de sus antepasados, Cuando evoca a Abraham, Isaac y Jacob, los grandes antepasados para el momento crucial con el maestro resucitado: la transfiguración. Las genealogías nos hacen sentido, pues nos unen a la vida con eslabones de identidad y esperanza. Mi gran preocupación es que estos cuentos como los ya mencionados, reiterativos en su temática, nos están gritando como los profetas de Israel que una de las causas de la realidad tan difícil hoy, son las murallas que separan las generaciones, la falta de memoria e identidad que tienen nuestro contenidos programáticos de las enseñanazas catequéticas.  De alguna manera la memoria es subversiva a la hora de potenciar nuestro presente y es por eso que se controla a través del olvido. La sociedad esta segregada no solo por género, raza y clase, sino que hoy estamos separados por facetaria. Con nuestra mirada hacia las grandes separaciones que tenemos en la sociedad, vemos la realidad de nuestras comunidades de fe , donde hemos incorporado separaciones facetarias en nuestro culto, enseñanza y devoción. Somos desafiados a cambiar lo que nos está afectando como comunidades movidas por el Espíritu Santo.

 

Cada día las niñas pierden su sentido de futuro, por un presente abrupto, por una realidad ausente de sentido. Su pasado es inmediato, es mediocre, no está iluminado por la sabiduría de sus antepasados que le hace soñar como mujer. En muchas no hay reminiscencia que lleven a rescatar el sentido de vida a las niñas y se miran como si nunca llegarán a ser viejas. Por otro lado hay grupos no menores de niñas que las hacen crecer antes de tiempo, las hacen objetos sexuales, objetos de violencia, objetos de juego y abusos diversos. Las niñas que crecían junto a la madre, hoy se ven privadas por las largas jornadas laborales que impiden sentir como el cuerpo cambia. Las niñas son llevadas a la labor de madre antes de tiempo, pues se hacen responsables de sus hermanos menores. Son violencias a diversas escalas que se observan cotidianamente en nuestro entorno.

 

El evangelio nos hace mirar la vida con esperanza y creativamente nos llama a enfrentar la realidad a la cual estamos llamados a ser profetas. Esto en nuestras comunidades ha llegado de forma abrupta y es por eso que a la hora de reflexionar, no podemos hacernos los desentendidos a esta constatación que atraviesa nuestras congregaciones cristianas. La sociedad camina en un proyecto cada día más alejado de la voluntad divina de vida plena. La segregación, por sexo, clase, raza y facetaria, en el modelo que se nos ha impuesto, como paradigma a seguir para el éxito.  Esta realidad extrema nos preocupa, pues nos encontramos con la pérdida de sentido para las niñas, como ser humano específico que debemos reforzar para la construcción de una sociedad justa e inclusiva.

 

Dame la mano y danzaremos, dame la mano y me amarás: Llamado a ser iglesia.

 

Jesús predicaba sin límites sobre el amor. Hoy colocamos límites a todos nuestros discursos y acciones. La infancia está gritando para que desconstruyamos los pensamientos modernistas que destruyen la mirada de familia, de  comunidad, de la propia fe.  Hoy más que nunca necesitamos comunidades de fe que resguarden la vida familiar, pero que incorporen en su pastoral estos nuevos conceptos de familia, en que debemos suplir la separación generacional, sin dejar de mencionar de toda segregación humana. Esto es posible por la acción de Espíritu Santo , que nos conduce a la vida plena, comunitaria, en que la unidad rompe toda separación y resguarda la diferencia legítimamente.

 

Es claro que no podemos recuperar las madres o padres ausentes. No podemos recuperar a los ancianos padres que se quedaron en el campo o en el pueblo y dieron paso al progreso de su familia, pero podemos incorporar su memoria y su ausencia-presencia en la mirada del concepto de familia y comunidad. La negación de mi pasado, que me remite a una realidad “indeseada”, es parte de lo que nos consigna una sociedad sin sentido. Jesucristo nos llama a lo contrario.

 

Las niñas más que nunca están vulneradas por los proyectos que existen en la sociedad para la construcción de lo que es el ser humano aceptable. Los proyectos de educación, en la que sigue la segregación para las mujeres, nos lleva a ver que las grandes discriminaciones en el continentes son los desafíos que hoy tenemos como iglesias. Las niñas vienen a ocupar el lugar más despreciado de esta lista de desechados del sistema. En algunos países esto es muy evidente en la cantidad de adopciones masculinas, por sobre la femenina. Cuando Elsa Tamez habla sobre las “piedras desechadas” nos entrega elementos profundos para considerar esta situación. De acuerdo a Primera carta de Pedro escrita en el contexto de la comunidad de inmigrantes de Asia Menor en el siglo I , Tamez se refiere a las sociedad que “excluye a los incapaces de competir, que no tienen méritos, dinero, piel clara” Pero el Evangelio nos promete lo contrario. Los que no son mirados por la sociedad, no son considerados, los que no importan, son los y las que Dios mira, escoge y acoge. Así como el mismo Señor fue piedra desechada y fue constituida piedra fundamental para la construcción, todos hoy,  los y las desechadas por el sistema, vienen a constituirse piedras  escogidas y preciosas (1 Pedro 2:4). Se me viene a la memoria María, una niña-mujer que al parecer, por lo que narra el evangelio,  nadie hubiese imaginado que sería la llamada a ser parte del maravilloso proyecto de redención del Altísimo. Tenemos mucho que aprender de María para la misión y de la mirada, con justicia de género, de Dios.

 

La iglesia cristiana que esta en el mundo, aunque claramente se nos recuerda que no somos del mundo, se nos olvida que la distinción está en el proyecto de vida, de Reino, que el Señor nos legó. Un mundo más solidario, que considere a todos y todas en justicia y equidad, nos llama a ver lo que hoy en nuestra educación cristiana y religiosa estamos haciendo o no. El Espíritu Santo está iluminando nuestras prácticas y está llamando a rever los pasos errados que hemos dado como comunidades de fe.

 

El teólogo brasileño Jung Mo Sung, en su libro sobre educación invita a reencantar la educación desde la fe, desde la espiritualidad, pues entiende el reencantamiento de mundo  significa incentivar al estudiante a involucrar su mundo con un sentimientote encanto por el análisis, por el diálogo y por la creatividad.  Su propuesta está dentro del deseo , saludable dice el autor, de superar la cultura moderna mecanicista con una nueva epistemología, que enfatiza la conexión humana y nuestras conexiones con todo tipo de vida. La idea es un modelo que se oponga  al antropocentrismo destructivo y al materialismo de la cultura occidental. Nos recordamos de Mo Sung porque llama a la integración generacional y propone una nueva antropología,  que coloca en el lugar central esta dimensión espiritual. Nos recuerda el legado de Rigoberta Menchú, que integra su proceso de concientización en una dimensión espiritual.  Mo Sung plantea el reencantar, como herramienta, para dar nuevo sentido al ser, a la educación, con nueva postura ética frente a la humanidad.

 

Como una sola flor seremos, como una flor nada más.

 

La necesidad de comenzar a construir la ciudadanía desde la infancia es uno de los  aspectos de efectivo ejercicio de lo que consideramos como ciudadanía plena. Para esto tenemos la fe en Cristo, es el Espíritu Santo que nos convoca y envía en discernimiento a ser luz y sal en la sociedad. Más aún debemos prestar atención cuando hablamos de una ciudadanía desde la condición de mujer, pues aún la educación cristiana y catequética esta sesgada. Por eso la socialización, la educación inclinada a la maternidad y a la vida como casadas como metas ideales, produce una vulnerabilidad emocional cuya transformación requiere trabajo especial en el área que ahora ha sido abordada por muchas entidades. 

 

En las iglesias, desde la fe, tenemos que crear espacios en las que la justicia de género se trabaje en razón de la prevención. No necesitamos una iglesia que levante afiches en contra de la violencia contra la mujer en la vida adulta o en la agresión sexual contra mujeres y niños, sino una iglesia que trabaje en la educación preventiva. Incentive la vida en comunidad, desde la igualdad, del amor, una congregación sana en que se prevenga la segregación por raza, clase, sexo y por supuesto de facetaria.

 

No podemos desconocer que la invitación del evangelio es pleno para la vida, a cualquiera edad. La responsabilidad de la iglesia desde el sacramento bautismal, o en la acción de presentación, según sea la tradición, nos deja responsables de la conducción de las niñas a una vida plena como mujeres. La acogida de la infancia desde la óptica de justicia de género, raza y clase nos obliga a atender a su formación integral. Implica el desarrollo de espacios de trabajo colectivo y aprendizaje compartido entre pastorales en modelos de promoción del desarrollo integral de la niñez, con justicia de género.

 

Cuando vemos lo sucedido con Justina nos convencemos más de la necesidad de propender nuestras estrategias misioneras a proveer herramientas pedagógica de facilitación de la desarrollo holístico de la primera infancia. No es posible que hoy tengamos el vacío generacional, el vacío social entre el campo y la ciudad, entre hombres y mujeres y más en el que la comunidad de fe no está aportando a combatir.

 

Como una sola flor: Ser comunidades justas e inclusivas

 

Desde la perspectiva cristiana, la comunidad o koinonía representa una nueva forma de encuentro en Jesucristo que nos hace libres para vivir en abundancia. La comunidad de fe y lucha se forma sobre la base se su compromiso con Cristo, pero se nutre en la praxis  y la tarea compartida, por llevar a cabo el ministerio de Jesús y anunciar de la buena nueva a todos y todas (Lucas 4:18) El propósito que tenemos como comunidad de fe es extender la bienvenida a la casa de Dios, reino de Dios,  a todas las personas, es especial a quienes son excluidos y excluidas por la sociedad, como lo fuimos nosotros y nosotras. Hoy en la segregación en que vivimos, no basta solo hacer justicia de género en la vida adulta, sino considerar la infancia preventivamente.

 

No nos cabe duda que la comunidad se construye por la obra del Espíritu Santo a partir de ese potencial creativo de la diferencia. Es el discernimiento dado por Dios que nos ayuda a ver las formas de contradicción entre nuestras prácticas y las que nos llama el Espíritu. No podemos quedarnos tranquilos y tranquilas cuando vemos que la comunidad destruye o descuida la infancia de nuestras  niñas con un discurso del ser mujer contrario al plan de Dios. Un mensaje que reafirma las construcciones sociales segregadas que nos propenden la unidad en la diversidad y menos el respeto por el distinto, especialmente en edad o condición social.

 

Debe ser parte de la preocupación la dificultad que tenemos de incorporar la niñez en nuestros programas de concientización. Recuerdo con agrado lo sucedido con la mujer sirofenicia que registran los evangelios. Una mujer que convenció a Jesús de sanar a su hija y reclamando el derecho a comer las migajas. Aunque el relato nos llama a considerar la fe de la mujer, frente al tema que nos convoca, es fundamental fijar en la acción de la madre, de romper todas las normas y buscar la ayuda del Señor. La necesidad hoy de la incorporación de toda la comunidad en la tarea del cuidado mutuo, de la pastoral recíproca y de entender que todos somos pueblo de Dios, ayudará a disminuir las brechas de todo tipo, especialmente la generacional.

 

Este pasaje inspira la experiencia de mujeres que luchan por la discriminación de sus hijas o de ellas mismas, con discapacidad.  Muchas de nosotras conocemos nuestras culturas del silencio y de la sumisión como virtudes cristianas que han dado lugar al incesto, la pedofilia y a la violencia, hoy nos coloca la mujer sirofenicia en un espacio de busqueda de ayuda que rompe con lo cultural y religiosamente establecido. La actitud de Jesús para con los niños, de respeto y acogida como los predilectos del Reino, nos lleva a ver la situación de las niñas que con la multiple discriminación de ser indígenas, negras, migrantes, discapacitadas y pobres se enfrentan a una sociedad que las margina desde el vientre.

 

Como iglesia, movidos por el Espíritu Santo que nos dirige a toda verdad y justicia, nos debemos al desarrollo integral en la primera infancia y en la niñez. Esto implica incorporar la dimensión espiritual, teológica, pastoral de los niños y niñas en nuestras comunidades. La oración, el derecho a la pregunta, el  compartir el juego, el ser parte de la fiesta y celebración de la fe, nos está  desafiando a cambiar nuestros lenguajes cargados de una cultura patriarcal , que al final , reafirma aquello que  como teólogas y teólogos hoy nos dedicamos a desconstruir: la injusticia de género de raza  de clase.

 

El niño en esta sociedad, como lo hemos planteado en este libro es objeto de discriminación, pues está en el sector de improductividad, pero ser niña trae aún más el peso de género. Sin dejar de mencionar la vulnerabilidad de raza, clase y  para quien porta alguna discapacidad. La sociedad parece no estar cambiando, pero lo que es claro es que nuestra tarea de educación, vivencia en comunidad, evangelización como concientización  personal y colectiva, constante, nos hace tener esperanza de una vida distinta como iglesia de Cristo.  El catecismo no será completo, si la iglesia no incorpora la sabiduría de la memoria, de las generaciones pasadas, de los fracasos que nos hacen  depender más del Espíritu y menos en estrategias humanas construidas en base del poder, de buscar el espíritu de Dios para acercarnos como humanos en medio del cosmos.

1 Referencia al poema “Dame la Mano” de Gabriela Mistral.

2 Escribí esta reflexión y  la retomé después de días de perderla abruptamente producto de un asalto que sufrió camino a la iglesia. Un pequeño homenaje a una gran mujer de Dios, mi madre. Gracias a Harold Segura por insistirme en publicarlo, pues ha sido consuelo a tanto dolor por su temprana partida.

3 Diaz, Jorge. Justina. En: Contar con los dedos. Santiago, Zig Zig, 2012. p. 73-83.

4 Cameron, Ann. El lugar más bonito del mundo. Santiago, Alfaguara, 2002.

5 Tamez, Elsa. Como piedras vivas. Mensaje inaugural del año lectivo UBL 1996. En:Schafer, H. Pneumatología y eclesiología. San José, UBL, 2004.

6 Cf. Salazar-Sanzana. E. María: mujer santa y santa mujer. Conferencia en I Congreso Internacional de Teología Mariana. Santuario Mariano Nacional de Nuestra Señora del Rosario. Septiembre 2008, Chiquinquirá/Boyacá, Colombia.

7 Mo Sung, Jung. Eduar para reencar la vida. Petrópolis, Vozes, 2007. 2 edic.

8 Menchú, Rigoberta & Burgos, Elizabeth. Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia. México, Siglo XXI, 1994.

 

Bibliografía

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Mo Sung, Jung. Educar para reencar la vida. Petrópolis, Vozes, 2007. 2 ed.

Pixley, Jorge (coord.) Por um mundo outro. Quito, CLAI, 2003.