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Los ángeles también tienen frío

Dr. Juan José Barreda Toscano

“¡Habite el amor entre ustedes! Y no olviden la hospitalidad, porque gracias a ella algunos, aun sin saberlo, fueron anfitriones de ángeles. Permítanse recordar a quienes están presos, como si ustedes mismos estuvieran presos con ellos. Y de los maltratados, como si estuvieran en los cuerpos de ellos”. Hebreos 13,1-3

Nuestra memoria alberga muchas sensaciones que no siempre sabemos reconocer como tales. ¡Pero qué lindo es tener buenos recuerdos en la vida! Una de las sensaciones más bellas que guardo es aquella de sentir a mi madre cubriéndome con una frazada en una noche de frío. Sentir sus caricias sobre mi rostro y oír un murmullo que me dice: "¡mi angelito!" No era necesario abrir los ojos ni decirle nada en particular. Como respuesta sólo era preciso acurrucarse con la satisfacción de sentirse protegido.

-Pastor, no se haga problema así estoy bien, me dijo Pedro.

-Pedro, estabas temblando cuando entré, le dije.

-No, de verdad, no quiero molestar... (sonriendo) Después de haber estado durmiendo en la calle ya uno se acostumbra al frío.

-No, espérame que bajo con unas frazadas...

-No se moleste Pastor

-"¡Ya vuelvo!"

Al volver Pedro estaba dormido nuevamente. Su cuerpo temblaba de frío en un aula de templo que albergaba a otras personas. Me acerqué a Pedro y lo cubrí con la frazada. Mientras salía del lugar, giró y mirándome me dijo:

-Gracias Pastor. Dios lo bendiga, solo lo miré y guardé silencio por unos segundos.

Luego le susurré: Gracias.

Mientras salía de allí supe que acababa de recibir la más plena bendición de Dios. Pedro fue para mí un enviado de Dios, un ángel que me bendijo. Los ángeles también tienen frío.

El autor de la Carta a los Hebreos nos exhorta: "¡Habite el amor entre ustedes! (13.1-3). Este pasaje no es nuevo. Tiene cientos de años y ha inspirado a miles de cristianos en toda su historia. Nos dice que seamos hospitalarios, ya sea, porque es una bendición para quien recibe nuestro cuidado, como también, porque es una bendición de Dios para quienes albergan a los que están sin techo. Es probable que sean muchos quienes sientan que estos son tiempos muy difíciles para practicar la hospitalidad de la manera relatada arriba. Pero también debemos de reconocer que son tiempos de una gran necesidad de ella.

La ausencia de hospitalidad se puede percibir en ciertos "ministerios sociales" de la iglesia. Están los comedores que posiblemente ocultan en sus platos de comida la exclusión de ciertas personas de nuestras vidas. Los llamándolos "hermanas" y "hermanos", pero los dejamos vivir expuestos y vulnerabilizados al dormir en la calle. Son “hermanos” de segunda categoría, no entran a nuestras casas ni comparten nuestros techo, no se sientan en nuestras mesas ni reciben las muestras de confianza que sí le damos a otros.

Encarnar la hospitalidad en una iglesia nos confronta a la renovación de nuestras mentes (Rom. 12.1-21). Por ejemplo, nos desafía a replantearnos la razón y el sentido de una construcción edilicia llamada “templo” o “iglesia”. O quizás, nos desafía a re-diseñar la construcción edilicia y nos lleva a pensarla como “casa de Dios” desde el hecho de ser habitada por seres humanos necesitados. La hospitalidad nos invita a ofrecernos a nosotros conjuntamente con el plato de comida que compartimos. Nos invita a abrirnos también a la necesidad que tenemos de recibir amor del otro, de conocer sus historias de sobrevivencia, de valor, de sufrimiento... muchas de las cuales seguramente se asemejan a las nuestras, aunque quizá en otras esferas de la vida. La hospitalidad nos enseña a descubrir el significado de "salvación de Dios" en términos de librar a otros de la denigración, de la exposición a la enfermedad, de librarlos de los efectos del maltrato físico de vivir en la calle. Pero también nos libra del egoísmo, de la indiferencia, de la hipocresía de hablar de amor sin consumarlo en hechos de acciones más comprometedoras de nuestras vidas.

Pero también, la hospitalidad que supera la “beneficencia” nos lleva a pregonar la “justicia del reinado de Dios” en términos de denunciar la sociedad desigual en la que vivimos, y por otro lado, a dar testimonio que son posibles prácticas de justicia que complemente o se potencien con aquellos cambios sociales estructurales que son indispensables para que haya más justicia en nuestra sociedad. Y la hospitalidad nos exhorta al amor. Aquel amor que refleja la gratuidad de Dios al amarnos y exhortarnos a amar de la misma manera al prójimo (Juan 13,34). Nos convoca a la libertad que supera los prejuicios que nos alienan de ser prójimos. La justicia del reino que nos ayuda a proclamar que el mundo fue creado para "todos" y no para unos pocos, que es capaz romper con la privatización de los templos, y los excesos de la propiedad privada. Dios nos envía mensajeros llenos de amor que llegan a nuestras vidas con grandes necesidades, pero también con mucha sabiduría de vida, de valor, de esperanzas. Nos quieren ayudar a descubrir la ternura que hay en nosotros, o la falta de inclusión con la que vivimos. Quieren pregonar en nuestras iglesias que hay justicia y somos capaces de practicarla. Que ayudar al otros es una bendición plena, más aún cuando hay riesgos que correr, áreas de la vida que entregar a Dios, y perspectivas de la misión que replantearse.

Muchas veces Dios nos envía su mensaje más profundo y sus mensajeros más leales con una gran necesidad de amistad, de amor y de abrigo. Los ángeles también tienen frío.