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Un funcionario inquieto

Néstor O. Míguez

Por una vez hagamos al revés. En cambio de desplazarnos nosotros hacia atrás en el tiempo, para ver el mundo de Jesús, dejemos que alguien de ese mundo venga al nuestro. Estamos en un culto normal de una de nuestras iglesias. Todo va transcurriendo regularmente: las oraciones, los himnos. Llega el momento de la lectura bíblica. Una hermana se levanta para leer el Evangelio. Todos nos ponemos de pie. Es Lucas 18: 18-30. La feligresía entona un “Aleluya” mientras el predicador se dirige al púlpito. De repente, inesperadamente, antes que ocupe su lugar, de la nada aparece una figura humana. Está vestida a la usanza del primer siglo, aunque puede percibirse que es un hombre rico. La blanca túnica, adornada de una franja púrpura le cubre hasta los pies. No salimos de nuestro asombro. Levanta una mano pidiendo silencio: un grueso anillo dorado refulge bajo la luz del sol que entra por el vitral del frente. Comienza a hablar. No identificamos el idioma, pero milagrosamente todos entendemos lo que dice.

– “Ah, así es fácil. Una vez más van a predicar sobre mí, y me van a maltratar, ya lo sé, tantas veces ha ocurrido. El tal Lucas me usó en su relato para ser el personaje insensible, el ambicioso cabeza dura, el malo del cuento, el que rechazó la salvación. Por los siglos voy a quedar marcado como el que no supo responder afirmativamente, el que rechazó a Cristo. Esto no es justo. Yo buscaba la vida eterna y resulta que ahora tengo el eterno desprecio; pero quiero que escuchen la otra cara de esta historia.

Uds. saben, yo tengo mis funciones de gobierno, y uno recibe información sobre lo que está pasando. Y la información sobre Jesús era mezclada, rara. Para algunos era un sanador, un profeta, un maestro, tantas cosas decían. La mayoría de mis amigos y otras gentes en el gobierno y en el Templo, en cambio, desconfiaban: es un alborotador, se mezcla con gente inadecuada, tiene contactos con los rebeldes. En fin: todos eran rumores y nadie aportaba ningún dato concreto.

Un amigo, doctor de la Ley él, sí me contó algo en claro: se había entrevistado personalmente con Jesús. Me dijo lo que había sucedido, apenas unas semanas atrás: se había acercado a donde se encontraba Jesús, y vio que la gente le hacía toda clase de preguntas. Los dos somos del partido fariseo, y Uds. saben, tenemos una discusión con los saduceos sobre la Resurrección. Entonces lo quiso probar en ese tema: ¿Qué puedo hacer para obtener la vida eterna?, le preguntó.

Jesús le devolvió la pregunta: qué dice la ley. Justo a él, un abogado. Mi amigo le respondió: “Amarás a Dios...” pero sabiendo un poco cómo piensa Jesús, le agregó: “amarás a tu prójimo”. Jesús le dijo que si cumple con ello, vivirá. Y como el abogado insistía, le contó una parábola de un samaritano que ayudaba a alguien que había caído en manos de ladrones. Y le exhortaba a hacer lo mismo... Era una respuesta inteligente. Mi amigo quedó perplejo. Había muchas cosas en ese relato. Pero Jesús mostró la sabiduría de los maestros. Me interesó saber un poco más.

 

En fin, yo quise cerciorarme por mi mismo. Yo tengo una responsabilidad de gobierno, soy un alto funcionario en mi nación y quiero ser justo y cumplir bien, no dejarme llevar por rumores. Así que cuando supe que Jesús estaba cerca, me arrimé para ese lado. Me acerqué de bien ánimo, honestamente, quería conocer un poco más a fondo qué estaba enseñando, porqué se movilizaba la gente. Por otro lado la pregunta sobre la vida eterna es una pregunta que me inquieta. Necesitaba saber un poco más, si podía. Así que me acerqué y le hice la misma pregunta que le había hecho el abogado. Estaba ansioso por profundizar aquél diálogo. Ya me había preparado otras preguntas por si me respondía como a él.

Pero su primera respuesta me sorprendió. Yo le dije “Maestro bueno”. Fui cortés, mucho más que lo que podía esperarse de un príncipe tratando con un carpintero de aldea, por mucha fama de sabio que este tenga. Esperaba una respuesta tan cortés como había sido mi pregunta.

¿Por qué me llamas bueno?”, me dijo, frente a la multitud. Me dejó desconcertado. “Solo Dios es bueno”, agregó. ¿Escondía un reproche en esas palabras? ¿Estaba denunciando indirectamente a los de mi posición, diciendo que nadie, por encumbrado que esté, es bueno? Mi ánimo comenzó a sentirse un poco incierto.

Pero luego la respuesta que me dio me devolvió un poco de tranquilidad. Eran aquellos mandamientos que tienen que ver con el prójimo. Vi que la respuesta tomaba el mismo camino que con el abogado. Le respondí que sí, que los conocía y que había procurado cumplirlos desde que era niño.

Y es cierto. Yo sé que los funcionarios tenemos mala fama, pero, les dije, trato de ser honesto en mi tarea. Yo quiero efectivamente tener la vida eterna. Me formé en la fe de mis mayores y no quiero perder esa herencia. Conozco la justicia que es por la ley de Moisés y trato de vivir de acuerdo con ella. Raro encontrar un funcionario justo, dirán Uds. Está bien, no voy yo a juzgar a mis colegas. Pero sí, verdaderamente he procurado esa justicia desde el lugar en que estoy. La respuesta de Jesús, en ese momento, me puso nuevamente contento. Era un reaseguro...

Pero qué poco habría de durarme esa alegría. “Aún te falta una cosa”, me dijo. ¿Qué cosa puede faltar? ¿Es que para ser justo hace falta algo más que ser fiel a Dios, cumpliendo su ley? Les dije, soy fariseo. Somos amplios en reconocer la ley. No solo cumplimos la ley escrita sino todos los preceptos. Ciertamente buscamos que todos puedan conocer la ley y cumplirla. “Algo te falta” Abrí mis oídos.

Y allí sonó esa frase que viene siendo mi pesadilla desde hace siglos: “Vende todo lo que tienes y dale a los pobres, y luego ven para seguirme”. No sabía bien como responder. Ustedes, en esta reunión, así como muchos otros, son seguidores de Jesús; entonces les pregunto ¿también a ustedes les ha pedido lo mismo? ¿Cuántos hay aquí que han vendido lo que tenían para seguir a Jesús? ¿No les pidió todo también a ustedes? No algo, todo. ¿A Uds. también les pidió todo, como a mí? ¿Se lo han dado? ¿Lo han dado a los pobres? No veo muchos gestos afirmativos. Veo que muchos tienen anillos de oro, vi muchos carros en la puerta. Es decir, la mayoría de ustedes ha obtenido un trato más cómodo que el mío ¿Y eso es justo? A otros Jesús les ha hablado de la bondad del Padre, de la gracia... ¿dónde está la gracia para mí? Nada gratuito: no me pedía algo, una parte, lo que fuera... me pedía todo. O es que para algunos es la gracia y para otros la exigencia. Claro que me fui, muy triste, les digo, muy triste. Una tristeza que me dura hasta hoy. Se creen que no siento ese peso. He perdido la vida eterna, y solo por un milagro inesperado estoy hoy ante ustedes.

 

Y por si eso fuera poco, mientras me iba, lo escuché al mismo Jesús que concluyó diciendo que es muy difícil que un rico entre en el reino de los cielos. Ah, pero después sus seguidores predican una teología de la prosperidad. ¡No querrán que entre nadie!

Yo conozco la tradición de mis padres que habla de ello: los bienes son una forma en que Dios muestra su gracia. Premia el esfuerzo, la generosidad para con el Templo y la fe multiplicando los bienes. El mismo Jesús dijo algo de eso al final de esa entrevista que tuvo conmigo. Pero, si aquellos que hemos sido bendecidos con el favor de Dios a través de bienes no somos dignos, cómo lo serán esos pobres que viven en la impureza, en el pecado, sin conocer ni cumplir la ley. ¿Recibir bendiciones para luego regalarlas a quienes no han sabido producir? Eso me parece un absurdo.

Ah, pero para Dios nada es imposible, les dice Jesús, y los deja tranquilos. Pues a mi no me dejó nada tranquilo, no me dio ninguna respuesta que pudiera ayudarme.

Y después aparece ese otro ignorante, el tal Pedro. ¡Ah, él sí!: “nosotros lo dejamos todo, maestro”, se jactaba. Claro, es fácil dejarlo todo cuando se tiene poco o nada. Pero tampoco es tan inocente, a su modo esperaba una recompensa.

Llegué a mi casa, le conté a mi esposa. ¡No saben su reacción! Si yo me fui triste, ella se enojó muchísimo. Reacciona como cualquiera lo haría... Y ese qué se cree... Tú tienes responsabilidades, hay que estar presentable para las funciones del Templo, para recibir a los embajadores romanos y yo no puedo acompañarte sin una pulsera digna o un collar elegante. Uno no puede desprenderse de todo. Muchas cosas dependen de ti y tienes que tener lo necesario para cumplir. No tienes la culpa de una rica herencia, de una carrera exitosa, de un puesto honorífico. Claro, un pobre carpintero no sabe de estas cosas... Darles todo a los pobres, y después ¿de qué vivimos nosotros? Tú vendes, entregas, y en quince días no tenemos nada ni ellos ni nosotros. Yo sé que tú eres conciente, que te preocupas, pero eso no resulta. Debe haber otra manera de ser generoso. Solo ha servido para amargarte. También, por qué fuiste a preguntarle a un simple carpintero que nada sabe de responsabilidades de gobierno.

Pero vean ustedes lo que pasa. Hace unos días tuve que atender a un tal Zebedeo, un hombre mayor, un anciano que venía a pedirme ayuda porque sus hijos se habían ido tras Jesús, y lo habían dejado solo. El hombre es pescador, y ahora tiene que atender a toda la familia él solo porque sus hijos le hicieron caso a Jesús y se fueron con él, fueron unos de esos que “dejaron todo”: incluso un padre anciano para que se arreglara solo. ¿Quién atiende a Zebedeo y su familia ahora? No, nada es tan fácil como parece. La mujer de Zebedeo enloqueció y anda tras Jesús pidiéndole que les haga un lugar especial a sus hijos cuando venga en su Reino. Así que tampoco ellos eran tan generosos, tan desinteresados. Dejar todo para tener más. Si los políticos hacemos eso, vienen después nuestros críticos y lo llaman acomodo, clientelismo, pero si lo hace Jesús lo llaman gracia.

Ustedes dirán que estoy resentido, amargado, que veo todo mal. Es que uno ha escuchado tantos ilusos que creen que con un poco de buena voluntad y generosidad se arregla este mundo complejo. Hay que ponerse en un lugar de autoridad, hay que ver todas las tensiones que uno sufre. Y Jesús, en lugar de ayudarme, lo hizo más difícil.

Pero aún así no me doy por vencido. Yo quiero esa gracia. Yo quiero la vida eterna. Yo vivo para hacer justicia, esa es mi tarea y mi profesión de magistrado. Ayúdenme a interpretar este mensaje de Jesús.

¿Cómo ser justo cuando se tiene, cómo ser justo cuando se da, cómo ser justo y generoso al mismo tiempo, cómo experimentar la gracia cuando se vive a partir de una exigencia? No son preguntas fáciles. Cómo se viven estos compromisos, cómo creer en la promesa cuando se enfrenta la cruda realidad del desamor. Cómo creer y confiar en que es posible cambiar la suerte de los pobres, sin caer en ingenuidad ni voluntarismo. Otros decidieron seguir a Jesús. Yo quedé afuera, pero sigo buscando una respuesta. Ayúdenme a encontrarla”.

No habíamos alcanzado a reaccionar. Algunos se habían sentado, otros habían permanecido absortos, de pie. Alguno cuchicheaba que era un truco preparado por los jóvenes para llamar la atención. La cuestión es que tras estas palabras el hombre desapareció súbitamente así como había aparecido.