¿Morirás con nosotros?

Dr. Juan José Barreda Toscano

Mientras oía las palabras de "denuncia profética" del famoso orador, se le llenaba la vejiga al joven pastor que esperaba un segundo de interrupción para ir al baño. Llegado el ansiado momento, se dirigió al Ujier, quien le contestó clásicamente: ─"Al fondo, a la derecha". El joven pastor recorrió el pasillo emocionado, ya casi disfrutando de aquellos segundos de descarga y satisfacción.

Una vez en el baño, encontró el lugar correspondiente y mientras realizaba el natural proceso, exclamó: ¡Qué tal para hablar este hombre! ¡Qué desafíos! Las ideas venían una tras de otra y al agachar la cabeza advirtió que seguía su proceso de expulsión. Es que había aguantado mucho tiempo mientras el orador hablaba, aunque, a la verdad, hacía un buen rato que ya no le prestaba atención por la necesidad biológica que imperaba. Terminada su tarea, pasó a lavarse las manos y sintió los aplausos en el templo. Son aplausos ─pensó─, le levantarán el ego". Se miró al espejo y sintió un escozor por lo que acababa de pensar. Reprimió la idea. Pidió perdón. Salió del baño, y mientras volvía al salón volvió al tema de la noche.

-"Tiempo de preguntas", ─dijo sonriente el moderador del encuentro. La primera pregunta no fue una pregunta. Fue un comentario. Uno de esos cargados de "resentimiento profético". El orador sonreía mientras escuchaba porque sentía que habían captado bien su espíritu. Luego respondió la pregunta no formulada. Siguió dándole fuerte a "la denuncia de salón". Así, en varias oportunidades, propuestas nunca puestas en marcha salieron por los parlantes y llegaron a los oídos del joven pastor, quien sentado, estaba nervioso porque sentía otro llamado urgente desde lo profundo de su ser. Era un llamado intestinal que lo hizo mirar nuevamente al baño. Ya conocía el camino, así que no tendría por qué demorar. ─"¿Qué me está pasando?", ─se preguntó. El estómago le siguió dando vueltas, y también algunas ideas respecto a los dichos del orador que lo descomponían.

Cuando se puso de pie para ir al baño, el moderador lo señaló y le dio la palabra: ─"¡Hermano, sí, haga su pregunta!" El joven pastor se quedó pasmado. Todos lo miraban y le daba vergüenza decir que sólo quería ir al baño. Entonces miró al hablador -perdón-, al orador, y le preguntó con la urgencia del momento: ─"¿Morirá con nosotros?" -Así de corto. Así de simple. Hubo un silencio... ─"¿Perdón?" ─dijo el orador sorprendido y buscando cómo ganar tiempo. ─"Lo digo, en vista a todo lo que nos desafió. Seguramente sabrá del costo que traerá llevar adelante sus ideas. Por eso, me surgió preguntarle si estará con nosotros o seguirá dando conferencias". El joven pastor no lo dijo con ira. Planteó la pregunta con la intuición de alguien que sirve día a día entre quienes más sufren.

No quería cuestionar a nadie. Fue solo una pregunta rápida, básica, lógica ante tanta radicalidad, una que expresó la preocupación de quién había tomado en serio los dichos del orador. Su pregunta se trataba de una obviedad que, váyase a saber por qué, desde hacía mucho se había abandonado. La de no exigirle al profeta que viviera como profeta, la de pedirle al crítico una vida consecuente, no con lo que critica, sino con lo que propone como superador. Oída la pregunta, los parlantes no emitieron sonido alguno. Todos fijaron sus miradas, no en el orador, sino en quien había hecho tal pregunta. ¡Tanta fama! ¡Tanta palabrería! ¡Tanto más de lo mismo! En esa noche, un joven apurado por ir al baño planteó un hecho más que significante... El orador contestó aparentando seguridad: -¡Sí! Bueno... En cada contexto... bla bla bla Las miradas seguían puestas en este joven que, sin perder más tiempo, se dirigió al baño para terminar, también, con aquello que ya no quería más consigo.

“Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos” (Juan 15,13)

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