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Por Juan José Barreda Toscano

Mi nombre es Simón.
Simón es un nombre hebreo.
La verdad es que no sé qué significa.

Lo que sí sé es que, cuando escucho que suena “Simón”,
me están diciendo algo.

No entiendo las palabras de los humanos,
pero entiendo muy bien su tono de voz.
Y casi siempre ese tono fue rudo y seco:
un grito,
seguido del dolor del golpe del palo.

Recuerdo muy poco otro tono distinto.
No sabía qué querían decir las palabras,
pero sí entendía el peso de las cargas
y la fatiga del trabajo de todos los días.

¿Alguna vez se preguntaron qué piensa un burro de carga?
¿Alguna vez notaron que somos esclavos?

Sí, el burro Simón era un esclavo.
Fui comprado para servir.
No importaba que yo sufriera.
Lo importante era cargar lo que se me pidiera,
llevar a quien se subiera sobre mí
y a donde él quisiera.

Nunca fui “Simón, el burro”.
Siempre fui “el burro Simón”.

Una noche como cualquier otra,
después de mucho trabajo,
oí un comentario horrible.

Otra vez no entendí las palabras,
pero la mirada de mi dueño me dijo todo.
Supe que mi fin estaba cerca.

Ese día me había pedido llevar un carro
cargado de cántaros de agua.
Debía subirlos hasta un almacén
en la loma de una colina.

La carga era tanta
que sentía cada nervio de mi cuerpo explotar.
Los gritos eran cada vez más rudos.
Los golpes en mi lomo, más fuertes.

¡Quería hablar!
¡Quería decir algo!
Pero no podía.

Solo podía esforzarme,
mover la carga,
usar una fuerza que ya no era la de mi juventud.

A pesar de todo, no pude.
Entonces sentí un último golpe,
más fuerte que los otros,
y el dolor fue tan grande
que caí al suelo.

Sentí un miedo profundo.

Mi amo me miraba como nunca antes.
No era solo ira lo que veía en sus ojos,
había algo más:
abandono.

Movió levemente la cabeza,
cortó las amarras
y, con otro animal más joven,
llevó la carreta hasta la cima,
dejándome tirado allí.

¿Por qué no me pegaba más?
¿Por qué me dejaba abandonado?

No lo supe.
Solo me sentí inútil, viejo,
y con la certeza de que mi final estaba cerca.

Cuando llegó la noche,
me levantaron a palazos
y me llevaron al pesebre.

Caminé lento,
porque no podía hacerlo de otra manera.
Me dolía todo el cuerpo,
pero más aún me dolía por dentro.

Ya no quería vivir más,
si es que lo mío podía llamarse vida.

Entré al pesebre
y me eché en mi lugar de siempre,
junto a un par de vacas
y tres ovejas jóvenes.

Dormíamos todos apretados.
El lugar era pequeño,
tan pequeño
que cada mañana celebrábamos
simplemente poder estirarnos.

Mi espacio no era el más chico,
pero para mi tamaño lo era.
Aun así, estaba acostumbrado
y solía dormir buena parte de la noche.

Ya avanzada la madrugada,
la puerta hizo ruido al abrirse.

Estaba tan cansado
que mis ojos no querían abrirse,
pero escuché el gemido de una mujer joven.
Y ese sonido me obligó a mirar.

Había tres figuras en la entrada:
mi amo,
la mujer que se quejaba
y un joven que la sostenía y le hablaba con ternura.

Después de mirar el pesebre,
mi amo fijó su mirada en mí.
Se acercó
y, con golpes,
me ordenó levantarme.

Pero no pude.
Mi cuerpo ya no respondía.
Mi cansancio venía de muy adentro,
de vivir obedeciendo por miedo.

Otro golpe.
Y uno más fuerte todavía.
Dolió,
pero no lo suficiente como para levantarme.

Entonces se fue.
Supe que buscaría algo más duro para golpearme.
No entendía que ya no podía obedecer,
que más golpes solo me dejarían allí,
en el mismo lugar.

Volví a oír el grito de la mujer.
Comprendí que estaba por dar a luz.

Los otros animales no se movieron.
Ni siquiera abrieron los ojos.
Respiraban hondo,
como fingiendo dormir profundamente.

No querían ceder su espacio.
Nadie quería perder un lugar caliente
en una noche tan fría.

Y entonces pasó algo inesperado.

Con los ojos cerrados,
intentando no oír nada,
sentí una caricia.

Una mano suave recorrió mi cabeza,
mi cuello,
mi lomo adolorido.

Abrí los ojos.
No podía creerlo.

Era el joven hombre.
Me hablaba con dulzura,
con palabras que no entendía,
pero que sonaban distintas a todo lo que había oído.

Luego miré a la mujer.
A pesar de su dolor,
me regaló una mirada
más fuerte que cualquier golpe que hubiera recibido.

Su nombre sonaba:
María.

Entonces, al mirarla,
por primera vez en mi vida
quise ayudar.

Reuní una fuerza que no sabía que tenía
y me puse de pie.
Tembloroso,
casi cayendo,
me moví para dejarle mi lugar.

Los animales me miraban asombrados.
Hubo un gran silencio.

Con la mirada les dije:
“Venga, descanse aquí.
Tenga a su cría en este lugar”.

Yo, Simón, el burro,
descubrí por primera vez
el privilegio de servir por amor.

Mi amo volvió con una vara de hierro,
pero no fue necesario usarla.
Se fue.

Poco después,
el llanto de un niño llenó el pesebre.
Luego, el silencio del abrazo.

La noche era fría,
pero dentro de mí
había algo que me daba calor y fuerzas.

Semanas después,
volvieron a hablar con mi amo.
Esta vez estaban apurados.

El hombre,
cuyo nombre sonaba “José”,
me señalaba.
Mi amo negaba con la cabeza.

Finalmente, tomó una pequeña bolsita
y me señaló por última vez.

José se acercó a mí con el niño en brazos
y me habló con esa voz
que me daba fuerzas.

Me levanté.

María subió a mi lomo.
El niño fue puesto en sus brazos.
Y los cargué a ambos.

El cansancio estaba,
pero el amor me sostenía.

Me encomendaron una misión:
llevarlos a salvo
a una tierra muy lejana,
llamada Egipto.

Yo,
un burro viejo y descartado,
fui elegido para una tarea de salvación.
Y la cumplí.

Para mí, la Navidad
es el tiempo del servicio por amor.

El niño que nació en el pesebre
me salvó a mí.
Y yo lo llevé sobre mi lomo
para salvarlo a él.

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